martes, 8 de marzo de 2011

The thirty-nine steps, 1935


En The thirty-nine steps, Hitchcock nos presenta una historia de espías. A los diez minutos de película, el propio protagonista, Hannay, lo deja claro tras escuchar el relato de la mujer que acaba de conocer: “Sounds like a spies story”. La joven afirma ser una agente secreta que ha descubierto una conspiración para robarle al gobierno inglés unos importantes secretos militares. Minutos antes, en el teatro, se vio obligada a disparar al aire para crear una distracción y evitar que el enemigo la interceptara. En medio de la confusión terminó en los brazos de Hannay, quien la llevó a su apartamento. Él, un hombre común y corriente que asistía a un espectáculo como cualquier otro, termina frente a frente con una mujer que, antes de entrar a un cuarto, se asegura de que no puede ser vista desde afuera a través de las ventanas. Un agente secreta, ni más ni menos.

En un principio, el cruce entre los mundos de ambos parece no representar nada relevante:  todo pareciera simplemente una muestra de hospitalidad de parte de Hannay, quien le proporciona a la desconocida cena y un lugar para dormir. Sin embargo, durante la noche Anabella irrumpe en la habitación de Hannay y se desmaya. Tiene un cuchillo clavado en la espalda. En su mano, un mapa de Escocia con un punto encerrado en un círculo rojo. Ese punto es el ineludible destino que ha sido trazado para Hannay. Las últimas palabras de Anabella fueron una advertencia: si no escapa, él será el siguiente. De pronto ha dejado de ser un ciudadano promedio para ser parte activo de esa “spy story” que le fuera tan ajena horas atrás; ese tipo de historias eran ficción en su mundo, y ahora los límites se han vuelto difusos.

La manipulación de la verdad se vuelve una constante en la trama. Por ejemplo, cuando Hannay quiere escapar del edificio pero se ve impedido por la vigilancia que los asesinos conspiradores que aguardan afuera, le cuenta toda la historia al lechero para ver si este le presta su indumentaria, con la cual podría salir del edificio sin ser visto. Ajeno al mundo de las spy stories, el lechero no le cree una palabra, por lo que Hannay se ve obligado a inventar una historia creíble y con la que su interlocutor se pueda ver identificado: él viene de estar en el primer piso con una mujer casada y necesita el disfraz para salir sin que lo vea el esposo, quien espera afuera. Ahora sí, el lechero accede y suministra lo necesario para que Hannay salga sin ser notado.

Mucho más adelante, al reencontrarse con la mujer del tren y terminar esposado a ella, Hannay le sigue la corriente y le “confiesa” que de hecho es un asesino en serie. Incluso le comenta que empezó de muy joven a violar la ley y que mató a su primera víctima a los diecinueve años. Ella insiste en ver en él a un prófugo asesino, pues no lo conoce y sólo tiene la versión que de él difunde la policía. Hannay es inteligente: ya en el tren ella no creyó en su inocencia, por lo que ahora solo le sigue el juego y la pone en una situación de duda, pues no es probable que ella se trague el cuento de que él en efecto es un consagrado criminal y se lo confiese así no más. De hecho, ya en el hotel, al que logran entrar una vez más fingiendo[1], Pamela mantiene la calma y aporta para que ningún tercero descubra que están esposados. Si estuviera tan segura de que Hannay es un criminal haría lo posible para delatarlo y recibir ayuda.

El hombre común se ven entonces, como en muchas películas de Hitchcock, inmerso en un mundo que no le pertenece, pero al que tiene que comprender si quiere salvar la vida. El entorno y las circunstancias obligan al individuo a convertirse en prófugo, a irrespetar la autoridad e incluso a lastimar a sus semejantes, así como a asumir distintas identidades para lograr la asistencia de los que no se la darían de conocer la verdad. Lo interesante es que, con todo y la manipulación que ejerce de la realidad, el personaje no puede ser juzgado negativamente, pues en el fondo no es responsable de nada más que de estar en la ruta del huracán; de esta manera, el espectador termina identificado con aquel que viola todo tipo de normas en busca de ser absuelto de haber violado la que no violó. El mundo se pinta entonces como un encuentro de sentidos, un constante conflicto entre la locura y la cordura, un escenario caótico donde la dicha no persigue a los honestos ni la desgracia a los malhechores, sino que los premios y los castigos son repartidos aleatoriamente.

El recorrido de Hannay durante la trama está demarcado por diversos encuentros con mujeres. De hecho, el carácter itinerante recuerda a la novela picaresca española, en la que el pícaro pasa de un amo a otro a lo largo de la trama. De hecho el pícaro está revestido de ciertas características similares a las de Hannay, como la irreverencia respecto a las normas cuando el violarlas es el único medio de asegurar la supervivencia. En su recorrido, Hannay se topa con tipos muy distintos de mujeres. En primer lugar, Anabella, la agente secreta, es una mujer independiente y arriesgada. Su propia profesión habla mucho de su personalidad. Sin embargo, su atrevimiento termina costándole la vida. Resulta importante su rol como detonadora de la trama, pues es debido a ella que Hannay se ve inmiscuido en el lío. La esposa del granjero aparece como una mujer sumisa y hogareña, aunque colabora con Hannay a despecho de su marido, quien aparentemente la castigará por ello. Su contribución a la trama es grande también, pues facilita el que Hannay se libre de nuevo de la policía. Finalmente, Pamela, la mujer del tren, es una mujer reservada y desconfiada que a pesar de su deseo de colaborar con las autoridades y no con Hannay, se ve envuelta en el problema y termina cautiva de los mismos que persiguen a este último. Es quien finalmente sale del enredo junto con Hannay. A pesar de ser ayudantes del protagonsita, de un modo u otro las mujeres son siempre castigadas o reprimidas. El mundo es duro y más para las mujeres, pues si estas se meten en los asuntos determinantes, sufren severas consecuencias.

Hitchcock, como es su costumbre, desarrolla en The thirty-nine steps una trama emocionante e intricada que termina desarrollándose más allá de sus propios límites narrativos.


[1] Resulta interesante que lo que finjan sea precisamente el estar “unidos” sentimentalmente, cuando en realidad la única razón por la que están juntos es la unión física de las esposas. Conforme avanza la noche en el hotel, la ficción que representan sufre transformaciones, pues cuando necesitan decir a la encargada que no debe revelar que ellos están ahí, señalan que su unión sentimental no es lícita o permitida, con lo que se ganan a la mujer, así como Hannay se ganó al lechero al principio.

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