Alfred Hitchcock es, ante todo, un nombre. Muchos no han visto ninguna de sus películas, tal vez ni siquiera saben que fue un director de cine, pero han escuchado su nombre. Es de esas leyendas de las que todo el mundo sabe algo aunque no haya tenido contacto directo con su obra, como ocurre con Cervantes o los Beatles.
Hitchcock suele ser inmediatamente relacionado con el terror, género que definitivamente no es el suyo, aunque resulta innegable que el suspenso y los temas oscuros son de su predilección. Una película como The man who knew too much puede ilustrar esta afirmación de manera muy precisa.
Se trata de una película de aventuras e intriga policial: un hombre es asesinado por poseer información sobre el próximo golpe de una banda criminal, la cual pretende eliminar a un importante diplomático. A punto de morir, el hombre consigue transmitir la información a una amiga. La banda se entera y, para asegurar el silencio de la mujer, raptan a su hija. Es entonces cuando el padre, Lawrence, sale en su auxilio.
A través del personaje de Lawrence la cinta retrata al hombre de mediados del siglo XX: astuto, desconfiado, dispuesto a mucho. En una simbólica escena, Lawrence y su amigo siguen a unos sospechosos a una especie de iglesia teosófica donde terminan envueltos en un enfrentamiento a sillazos. Sus rivales evitaron usar sus pistolas puesto que llamarían la atención de la policía, y la naturaleza clandestina de su organización les exige la mayor discreción. La ironía llega a tope cuando una de las criadas de los bandidos pide a la organista que toque para disimular el escándalo. El templo es usado como campo de batalla y la música como distracción.
Lawrence, padre de familia, hombre de hogar, se convierte en bandolero y lastima a sus semejantes cuando las circunstancias se lo exigen. No hay que olvidar que la película se realizó en el período entre las dos guerras mundiales, época de tensiones políticas y de revelaciones existenciales: el ser humano, con todo su avance científico y tecnológico, se había convertido en una máquina de matar, de modo que no es extraño que una persona hogareña pueda sufrir tal metamorfosis, que no deja de ser violenta por las razones que la motivan. Y es que el mundo en que se desenvuelve la acción es un lugar violento. Los hogares herméticos y aislados, lo privado, representan un mundo distinto al de las calles, lo público, donde abundan la violencia y el crimen. La familia Lawrence se ve forzada a cruzar el límite y experimentar las consecuencias. Es un mundo donde el conocimiento es peligroso, pues pone en la mira de los criminales que necesitan mantener su clandestinidad, mantenerse privados en el dominio público. Muy representativo de esto es el que el atentado contra el diplomático sea planeado a ejecutarse en un teatro, durante un concierto. El blanco estará entre el público y un tirador le disparará en el momento climático del recital, que ahogará el sonido del disparo. Lo público, en su propia privacidad, ingresa en lo privado, provocando un desequilibrio.
En cuanto a Lawrence, podría pensarse en su personaje como en un padre abnegado que no teme exponer su vida para salvar la de su hija. Sin embargo, en ciertos momentos exhibe una tranquilidad impropia de un hombre preocupado por la seguridad de su familia. Por ejemplo, al ser retenido por el líder de la banda, se sienta tranquilamente a comer y a fumar, sin insistir particularmente en que le devuelvan a la niña. Si bien no deja nunca su cometido, es capaz de controlar sus emociones y esperar el momento adecuado para actuar, sin precipitarse. El amor por su hija y la preocupación porque se encuentre bien no nublan su pensamiento.
La madre se nos presenta en un principio como una aficionada al tiro con rifle. Otro tirador la vence en una competencia pues la pequeña Betty la distrae. Al final, la niña huye hacia la azotea del edificio donde está cautiva, perseguida por uno de los bandidos, quien resulta ser el mismo que venció a su madre al iniciar la película. La señora Lawrence observa desde abajo y, sin titubear, le quita el rifle a un policía y dispara contra el agresor. La señora Lawrence no solo es una mujer de acción (hay que señalar que ella también distrae al tirador cuando este trata de disparar al diplomático en el concierto), sino que de hecho es quien posibilita un desenlace favorable para su familia. Al igual que su marido, ella es sacada de su realidad familiar privada para participar de la violencia del exterior. Por otro lado, la historia se cierra de forma cíclica, pues concluye con la revancha de la señora Lawrence sobre quien la venció en un inicio.
El mundo de The man who knew too much es hostil, violento, incluso represivo pues saber “demasiado” es un delito que se paga caro. Es un mundo donde la paz pende de un hilo, pues el asesinato de un solo hombre, en este caso el diplomático, puede desencadenar una guerra. Un mundo donde el peligro acecha a cada momento, incluso en un teatro, durante un concierto. Tal vez Hitchcock no hizo terror en el sentido moderno del término, pero sin lugar a dudas indagaba en los temas más oscuros de la realidad social humana.
El cine de suspenso, como género, debe sus temas fundamentales y recursos a la obra de Hitchcock.
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